Manuel Alcalá Gámez (Poesía)

Manuel Alcalá Gámez

Oración para transformar a un "Parao" en Millonario

Señor, yo quiero medrar
y salir de este rincón
y espero tu bendición
para empezar a volar.
Quiero luchar y triunfar;
y aprovechar la corriente
de este airecillo caliente
que sopla en este verano,
que por algo soy hermano
del gran vicepresidente.

Quiero cobrar comisiones
de lo que se compre o venda,
quiero mostrar que es mi menda
quien lleva los pantalones,
desde levante a poniente.
Quiero ser rico y pudiente,
que es un sentido humano,
que para eso soy hermano
del gran vicepresidente.

Quiero ser co-propietario
de la costa de Doñana.
Quiero triunfar a diario
sobre este mundo inclemente
y demostrar diligente
que no soy ningún enano
que por algo soy hermano
del gran vicepresidente.

Quiero romper el tabú
del "club de los petroleros"
Quiero amarrar mis veleros
en el Puerto de Banús.
Quiero hablar de tú a tú
con los jeques del oriente.
No quiero humillar mi frente
ante ningún soberano,
que por algo soy hermano
del gran vicepresidente.

Ayer estaba en el paro
y hoy soy multimillonario,
es que soy un empresario
que se cotiza muy caro
y, aunque obro con descaro,
suelo ser condescendiente,
respondiendo sonriente
al que me llama "gitano",
que por algo soy hermano
del gran vicepresidente.

Aquel que al poder se aferra
y de Felipe es forofo,
o tiene guerra en el Golfo,
o tiene al golfo de Guerra,
un señor que en esta tierra
va como Diego Corriente
arrasando diligente
todo cuanto pilla a mano,
que para eso es hermano
del gran vicepresidente.

Así pues, Virgen querida;

espero tu bendición
para dejar este rincón
y pegarme la gran vida.
Y si gano la partida,
aunque murmure la gente,
diré: "Vaya yo caliente",
que es un refrán castellano.
Pues para eso soy hermano
del gran vicepresidente.

(1993)

Blas Moyano

(Autor: Rafael Muñoz Moreno. Revista Feria 1992)

El pintor Blas Moyano Rosauro es villarense, y esté donde esté, y pinte lo que pinte, siempre estará su Villa del Río y todo lo que pinta. No importa que esté, tantas veces lejos de su pueblo, Madrid, Galicia, Asturias. No importa. Él está en Villa del Río y su pueblo con él. Uno y otro se acompañan. El pintor lleva en los nidos del corazón y el sonido del oído de sus campanas, en los ojos su claridad. Su vida, toda su vida es un huerto de recuerdos villarenses, de canciones, de voces familiares, de plazuelas y de sus campos.

Para el pintor, Villa del Río permanece eternamente iluminado, de día por el sol, de noche por su Estrella.

Sensible, embriagado en su silencio, vive secretamente para el arte. Pinta más hacia dentro que fuera, con algo hondo de instinto, de raíz profunda o de subconciencias que aquieta el espíritu del espectador, consiguiendo que la eternidad del mundo se vuelva familiar.

Pintura colorista que oculta tras el cuadro su problema como el reloj oculta tras la esfera su maquinaria y el control del tiempo.

Su pintura retiene el paso de las horas buscando las grandes líneas de la geometría del tiempo. El color exactamente matizado, la luz difusa que satura el atardecer.

Todo es claridad sin contraste de sombras, desde el lila al azul se adormece el sentido para lograr una exaltación del ensueño y de la melancolía.

Un mutismo sin fondo anuncia lo que ocurre o lo que puede ocurrir de un momento a otro. Un silencio que tamiza los colores de esperanzas de la aurora.

Una submarinidad de azules exalta las rosas, una juventud de nido surge de los hogares, una pereza de sonidos se estancia en los patios.

Un río, unos árboles, un día, una hora determinada, un pájaro que repite su canción insistente.

Por que siempre canta el aroma de la naturaleza en sus lienzos.

Como se oye el rumor del agua o el sonido que produce el paso caliente del verano.

Es el dulce sosiego de tener contacto con la tierra llena de beneplácito. El vivir misteriosamente en zonas rurales, el sorber la luz intacta y los colores recién nacidos del entorno naturalista campesina, algo muy transparente y puro que logra aclarar el sentido de las cosas.

Toca en su planeta la melodía de gamas de un mundo crédulo y esperanzado, de otra clase de vida, de una entonación distinta. Es música que viene del color en íntima compenetración con la forma. Siempre brilla en su aparente simplicidad su profunda Estrella. Cada obra es un poema de luz diluida, de poesía.

Su arte es sensible, humilde, trabajado y de una sinceridad feroz.

Blas Moyano Rosauro es un caso insólito de artista salido de la entraña del pueblo y que, superado toda clase de dificultades, se encumbró en el campo del arte no sólo gracias a su tesón sino también de su talento, muchas de sus obras forman parte de grandes colecciones privadas, públicas, religiosas y oficiales, tanto nacionales como internacionales. Y por estas cualidades protagoniza parte de la historia de Villa del Río. Méritos suficientes de este maestro que fue distinguido profesionalmente con el título de Hijo Predilecto de Villa del Río.

Blas Moyano

( Autor: Paco Laguna. Revista Feria 1.992)

Este ilustre pintor, nació en nuestra Villa, el 25 de Julio del año 1913, festividad de Santiago, ni que decir tiene que, nació cuando el astro rey, de nuestra Andalucía, sacaba a los vecinos a las puertas, para de alguna manera refrescarse de aquellas altas temperaturas, que por regla general, atiza en este día.

Blas Moyano, es un pintor de una especial sangre caliente, por algo nació en esa fecha, sus calores vivos a apagados, tienen un denominador común, lo cálido y atrevido de sus mezclas. A Blas, se le podrán copiar sus colores, pero difícilmente el resultado de esa caliente y expresiva mezcla que, da su paleta y pincel, a su originales y bellos cuadros.

Sus mezclas son vivas y candentes, expresivas y armónicas, y sobre todo bastante costumbristas. Sus personajes, tanto de su pueblo, como de fuera de él, han sido inmortalizados, de una manera sencilla y agradable a la vista, porque dan un toque rural, muy de agradecer.

Al ser un hombre de pueblo, su expresión es espontánea, porque así lo vio de niño, cuando se capta toda la grandeza de la vida, para siempre.

Al nacer en el seno de una sencilla familia, pronto tuvo que trabajar, siendo colocado de botones, en el Casino de Villa del Río. Las revistas y periódicos caían en sus manos, fijándose en los dibujos y copiándolos, de forma espontánea.

Su sensibilidad artística, le llevó a tocar de oído, el piano que había en las dependencias del Casino.

Sus primeros dibujos son publicados a petición del telegrafista de Villa del Río, don Antonio Rodríguez, padre del célebre fotógrafo Ricardo, director del famoso “Arlequín”, que se editaba en Villa del Río.

El señor Rodríguez, le pedía dibujos para ilustrar los trabajos del periódico, despertando ya su definida afición a la pintura; siendo los amigos de Blas, los primeros en animarle para seguir pintando.

Por aquellas fechas, años (1.931-32), una convocatoria de dos becas, una para dibujo y pintura y otra para dibujo y escultura, por parte de la Exima. Diputación de Córdoba. Presentándose 412 opositores.

Los ejercicios duraron tres meses, y Blas Moyano que carecía de dinero para pagarse los viajes de ida vuelta a Córdoba, mientras duraba el concurso para hacerse con la beca, vendió un cuadro que representaba la cabeza de Cristo, por cinco pesetas.

De aquella promoción, saco el número uno el villarense Blas Moyano, y el número dos Francisco Adamuz Pérez, también de la provincia de Córdoba.

Ingresa por dos años en la Escuela de Artes y Oficios de Córdoba, teniendo por profesor, a don Enrique Romero de Torres, hermano del célebre Julio, el de las mujeres morenas.

En sus idas y venidas a Córdoba, utilizaba los Transportes Ureñas, que de vez en cuando no le cobraban el billete de viaje, dada las escasas posibilidades económicas del joven pintor.

En agradecimiento a la empresa de transportes, le regala el cuadro con que había conseguido la citada beca. El cuadro era un bodegón, con varios objetos y un manojo de rábanos; por este motivo, le llamarían el pintor del rábano, para identificarle.

En el año 1934, viaja a Madrid, para realizar un curso de dos años, en la Escuela de Bellas Artes, ubicada en la calle Marqués de Cuba. Realizando los dos años, en un solo curso, a la vez el Servicio Militar, no perdió nuestro pintor el tiempo en la capital de España, al ingresar en el cuerpo de Sanidad, cumpliendo con la Patria y con la afición de pintar.

Terminados dichos estudios y servicio militar, el Ministerio de Instrucción Pública, le concede una beca, para realizar estudios superiores de pintura.

No le da tiempo de hacerse con ella, dado que aparece la negra sombra de nuestra guerra civil, cambiando los pinceles, por un fusil.

Al finalizar la contienda, está más que definido que lo suyo es pintar, siendo su carácter rebelde, el idóneo para no someterse a reglas y métodos de trabajo, ajenos a la creatividad.

Sus pinceles ágiles y creativos, han llevado al lienzo, tres de los géneros más representativos, dentro del mundo de la pintura: el retrato, el paisaje y el bodegón, convirtiéndose en un autodidacta, que nos lleva al campo y a la ciudad, al río y a la montaña; por algo nació en un Villa del Río, bañado por el Guadalquivir, y escoltado por la Sierra Morena, símbolos de grandeza de nuestra Andalucía, para todo aquel que, siente el perfil de la vida y del arte, para luego inmortalizarlo en los lienzos; esa claridad exclusiva de una luz y una vida cotidiana, que sólo se puede tener, si se convivió con ella de niño. Despertando una vocación apasionada, en el joven Blas Moyano, que nació pintor.

Sus murales también son una faceta, de su obra creadora, verdaderamente grandiosos y con unas técnicas exclusivas de su ingenio artístico, y que adornan muchas paredes, de lugares llenos de historia, dentro y fuera de nuestra Patria. Teniendo Villa del Río, como muestra de esta singular y personal obra, dos grandiosos murales, en las paredes de su Parroquia, para así recordar a las futuras generaciones, a un paisano que nació pintor, y dejo unas huellas imborrables en su lugar de nacimiento.

Blas Moyano, ha entrado por la puerta grande, de la historia de la pintura, y a medida que vayan pasando los años, ganará en actualidad y sobre todo en originalidad. Dado que sus “hombres de pueblo”, nos hablan de un pasado y un presente, llenos de luz y colorido.

La faceta de sus retratos, son de una armonía sorprendente, sus gentes llevadas al lienzo, en muchas ocasiones anónimos, están cariñosamente tratadas por las manos del pintor, que así las vio y así quiere que se les recuerde. Con sus sombreros de paja, con sus arrugas curtidas bajo un sol y una tierra, antigua y sabia, bañada por el viejo Betis, con unas frentes sudorosas, y unos rostros que, el tiempo se ha encargado de trabajar, para luego ser tratados por los pinceles de un pintor que quizás sea ésta su mayor virtud. Tratar con cariño a sus personajes.

MI ENCUENTRO CON BEPPO EN BARCELONA

(Antonio Lara Quero)
Fuente: Revista de Feria de 1991

Me encontré con Beppo en la primavera del año 1983 en Barcelona, estaba sentada en un taburete de un bar con su vaso de tinto, su cigarrillo negro, su boina y la mirada perdida en la lejanía de las Ramblas; tal y como era característico en ella, tras el saludo y la sorpresa del encuentro me comentó donde se hospedaba, cuyo relato voy a describir de la forma más exacta posible, porque uno de los perfiles más característicos y pocos conocidos de Beppo era su afán de aventura en los viajes:

"Estoy viviendo en el Hotel Europa a dos pasos de las Ramblas, uno de estos simpáticos y pequeños hoteles de tercera categoría que abundan en Barcelona y, aunque frecuentado sobre todo por viajantes y modestos hombres de negocios, tienen bastante personalidad y encanto. Este por ejemplo, tiene una mezcla de habitaciones de la época 1910, comodísimas, con muebles de caoba y paredes con pintura color marfil, muy brillante, y edredones rojo oscuro y muchas luces, y otras claras y modernísimas, más pequeñas, que habían crecido como "champignons"; yo elegí siempre las primeras.
Las habitaciones dan sobre calles estrechas, pero detrás hay una vista formidable, que no llama la atención a nadie excepto a mí, y yo siempre corro a una ventana del pasillo o al retrete para verla.
Figúrate un gran jardín con tres enormes adelfas tan altas como olmos centenarios y con flores blancas, unos restos de balaustradas de piedra del siglo XVIII y palomas blancas, y, a lo lejos de unos tejados, se ve el resto de una columna que parece el mástil de un barco, aquello resultó ser el puerto; una vista para soñar días enteros.
Todo esto resultó para mí muy caro y he tenido que buscar, con gran pena, una habitación en una fonda de la calle Valencia que me pareció iba a ser muy aburrida, es decir, con clientes estudiantes de medicina (pues a mí siempre me han aburrido sobremanera los estudiantes, bueno, diremos en un intento de diplomacia con poquísimas excepciones).
El ambiente de la entrada me gustó, así que pasé cerca de una hora en persuadir a la patrona para me alquilara el cuarto, ya que no quería "mujeres"; la convencí de que yo no era de esas que planchan y se meten en la cocina, y, por fin, consistió en alquilarme un gran dormitorio alegre con dos camas, una me sirvió para maletas y libros. La habitación daba a una gran galería que a su vez daba a un patio grande como una plaza. Yo, incluso, estoy un poco triste de estar en un sitio con clientes estudiantes de medicina y a quince minutos andando de las Ramblas en vez de a dos pasos.
Pero casi enseguida me di cuenta que la cosa no era como las aburridas corrientes, sino como si saliese de una novela del gran Dostoiesky. La patrona pasa casi todo el día en la cama, (se levanta y se acuesta), una cama enorme, cubierta de una colcha de piel y retratos de familia en todas partes con enormes dorados y muebles antiguos, restos de glorias pasadas.
A las seis de la tarde se levanta definitivamente y desaparece de casa hasta las once o las doce de la noche.
La criada aparece y desaparece silenciosamente, delgadísima, vestida de harapos con largo pelo grisáceo colgando despeinado, rarísima, y en la cocina, muy rudimentaria y triste se la oía a todas horas hablando sola, pero largas conversaciones, y riendo a carcajadas. Descuidaba y todo tienen manos de hada y cose maravillas; un ambiente verdaderamente dostoieskiano.
Me he enterado que las misteriosas salida al atardecer de mi patrona tienen una explicación sencilla y más bien enternecedora: toma un taxi y va a buscar montones de periódicos y revistas que venden un puesto al aire libre (sin kiosco) en un barrio alejado. Le ayuda el otro inquilino (ya no joven) hijo de médico y hermano de una señora que dicen millonaria con una casa cerca de la pensión, llena de muebles antiguos de gran precio.
Esta última le otorga una pensión pero lo visto no le basta.
¿No te parece mi casa muy dostoieskiana?
¡Y yo creía que me iba a aburrir¡ Al contrario, me encantó. Lástima que no esté más cerca e mi querido puerto. Me está resultando un viaje "formidable" ".

A Beppo

(Jacinto Mañas)
Fuente: Revista de Feria de 1991

La última vez que bajó del tren en Montoro fue inolvidable. Se presentaba de improviso, con su típica indumentaria (boína y gabardina incluidas) con sus juveniles faldas, según la época del año. Marchamos a la fonda y le ayudé a deshacer el equipaje; aparte de ropa, los útiles de su profesión y libros, siempre libros. Llevaba la célebre biografía de Mazarinos, las memorias del Cardenal de Retz (todo en francés), así como las poesías completas de Fernando Pesoa y un ensayo sobre la Princesa Palatina titulado: Una alemana en la corte de Luis XIV. Me pregunto de seguido si conocía la revista granadina Selene, que dirigía José Lupiáñez, donde habían salido los Poemas del Cuerpo.. toda esta inquietud y apresuramientos a sus 82 años, así era Beppo.
Su cultura era prodigiosa sin alardear de ello... Horacio, Virgilio, los moralistas franceses, Montaigne en especial... Samuel Jonson: Ella era superconservadora en arte y feroz antifeminista, de una femineidad, elegancia y belleza muy británicas, a pesar suyo. Copn voracidad de tigresa marcaba su territorio, allí no entraba mujer alguna, teníamos problemas por ello; sólo sus amigos. En lo moderno Sthedal, Prouts y Joyce, a quién conoció, lo demás como ha dicho acertadamente Rubén Caba, confusión y tururú. Participaba de la inteligencia de un Newton, de la sensibilidad de un Shakespeare, compatriotas suyos, a fin de cuentas.
Se cubría de una máscara de malhumor y lenguaje altisonante. Tras ella la delicadeza, la dulzura más entrañable; la terrible soledad y timidez del ser humano, del animal herido, tembloroso, esperando que lo rematen. Era contradictoria, la imagen viva del vitalismo y la alegría. Nos enseñó cómo pasar la vida sin un puto duro pero buscando la felicidad y consiguiéndola, a base del más elemental ascetismo, no desear nada, no tener nada, sólo amigos (ya es bastante). Era el emblema, el victorioso paradigma de la libertad, más aún que el divino Marqués. Todo esto representaba Beppo para sus amigos.
Murió un cinco de febrero, lo que referido a ella, ya es mucho decir. Su alma retozará transmigrada por una arboleda de olivos, en alguna gacela de sus bosques andalusíes "cierva del alba, luz de mi persona", recordando al poeta. Como la gran diosa hindú de innumerables brazos, pero sin su crueldad, tendía un puente hacia sus amigos-adoradores, abrazándolos. De aquella impasibilidad, de aquella esfinge sobre humana emanaban la belleza, la libertad, la cultura, la vitalidad y la alegría ya referidas que nos transfundían, enalteciéndonos, sublimándonos. Yo fui uno de ellos: ¿Cómo no quererla? ¿Cómo no recordarla?.

Beppo

(Camilo José Cela)
Fuente: Revista de Feria de 1991

Esta inglesa pasada por el Mediterráneo y por los olivares andaluces, aficionada al cante jondo y espectadora atónita, cuando no actriz apasionada, de la más negra España de los curas vestidos de enterradores o de huertanos levantinos, de los banderilleros con cara de apóstol burro -¡y que burro cumplido!- de los verdugos que todavía no han perdido la afición al oficio, como quería verlos don Pepe Solana, resulta que pinta, a la acuarela y delicadamente, la otra España, la de los árboles y graciosos, los almendros y los avellanos de una mar, los castaños y los robles de la otra y, en medio, las sierras de pocos pinos y anchos horizontes de los que borran los hombres y las arquitecturas, esas dos manchas, no siempre artísticas ni habitables, pero ¡ay¡ inevitables y amargas.
La pintura de Beppo es la espontánea y más inmediata imagen de Beppo esa mujer hecha de violencia y ternura, a partes iguales, llevada al cuadro sin más preocupación que la de vaciar su espíritu de posos malignos y contaminadores; en ello se respira aire libre, pero no del todo, aire de colmado que se quedó -nadie sabe por qué- con una ventana abierta sobre el mundo en que los pájaros vuelan y se aman, los lagartos toman el sol y se aman y las flores se mecen al vientecillo fresco de la mañana y, sin que nadie lo sepa, se aman también y muy apasionadamente: la rosa que ama en francés, la amapola que arma en portugués, el clavel de aire que ama en griego, la adelfa que ama en italiano, y así hasta el fin de los amores y de las flores.
Beppo aprendió a pintar en tres manantiales de muy claras aguas (no cito por orden): París -y sus amigos Pascin, Léger, Derain, Soutine, el escultor Brancusi..."-, su circunstancia personal, ¡qué bien hubiera estado Beppo de favorita del último emir de Almería!, y el ritmo de la naturaleza que no se cansa de mirar, del agua y del vino de esas fuentes bebe y se nutre la pintura de Beppo, sus acuarelas y sus vinorelas por las que corre el luminoso instante que va tejiendo la hebra de la túnica de la vida, leve como una nubecilla, un suspiro o un mal pensamiento.
Beppo es pintora que no se prodiga, que no hace demasiadas Exposiciones; yo creo que acierto, porque los pintores que se pasan la vida pintando y exponiendo, suelen ser muy latosos y grandilocuentes, muy chinchorreros y tecnócratas. Cada cual se gana la vida como puede.

Las Puertas Diptilas de la Parroquia de la Inmaculada Concepción

(José Luis de Lope y L. De Rego)
Fuente: Revista de Feria de 1991

Si bien la parroquia de San Pedro, se construyó en 1537, cincuenta años después, es decir, en 1587 de los 696 habitantes que tenía Aldea del Río, se pasó a 3368 habitantes en 1850. Es decir, se había quintuplicado la población.
El desarrollo económico por estos años es fulminante, y la industria textil (los famosos paños y el batán) el calzado (albarcas), la industria agrícola con ocho molinos aceiteros, cinco bodegas de aceite y una aceña o molino harinero de siete piedras de cubillo, así como la importancia de la ganadería, hacen vivir a los villarenses unos años de prosperidad y esplendor.
El auge es tan espectacular, que en sólo veintiún años, es decir, en 1871, la población ha aumentado en cerca de mil habitantes (4.350 h.) , y se han construido siete nuevas calles y trescientas nuevas casas.
Por todo ello es fácil comprender que la vieja Parroquia de San Pedro, construida en el Castillo, se halla quedado pequeña y era insuficiente.
Esto unido al mal estado en que se encontraba, como consecuencia de los daños causados por las sucesivas avenidas y riadas del Guadalquivir, especialmente la catastrófica de 1821, que derribó 83 casas y dañó a más de cine, fueron los motivos por los cuales se pensó, había llegado la hora de construir un nuevo templo más espacioso y acorde con el resurgir económico de la villa.
Por todo ello, el Cabildo Eclesiástico del Obispado de Córdoba encargó el proyecto de construcción de la nueva Parroquia de la Inmaculada Concepción al arquitecto diocesano D. José Moreno de Monroy, en el año 1867.
La memoria del proyecto dice: "Construcción de una iglesia de nueva planta en el solar del edificio número 14 de la calle de los Mesones (hoy Fuensanta). En su fachada se emplearán los materiales más económicos y abundantes de la localidad, economizando sus adornos. Su construcción será de hormigón y mampostería en el cimiento, sillería en el zócalo, ángulos, contrafuertes, pilares y arcos; mampostería con verdugados de ladrillos en los macizos de los muros; bóveda tapiada apoyada en los arcos de sillería, con una sencilla armadura en forma de A para la nave central y dos colgadizos "jabalconados" para los laterales. El decorado se reduce a una sencilla moldura en la cornisa e imposta".
Moreno de Monroy concibe el edificio en el estilo de moda del momento, es decir en el Eclecticismo Romántico o Neo-medieval del siglo XIX (1845-1893).
Recién fundad la Escuela de Arquitectura de Madrid (1845), y de igual manera que el estilo Neoclásico (1750-1850), volvió sus ojos hacia los monumentos de la antigüedad clásica: Grecia y Roma, un siglo después, el Romanticismo trae como natural reacción el interés por los estilos de la Edad Media, tales como el Románico, Bizantino, Islámico, Mudéjar, y muy especialmente el Gótico, denominándose Neo-gótico.
A nivel internacional causo una gran influencia la defensa que el arquitecto francés Viollet -le-Duc (1871) hizo del estilo Gótico en el libro sobre Notre Dame de París.
La exaltada espiritualidad romántica se entusiasma en resucitar las catedrales Góticas por doquier, por ejemplo en Córdoba, la Capilla del Pretorio, junto a la Diputación Provincial, de Amadeo Rodríguez (1873), que luego realizará Rafael de Luque y Lubián, o la Ermita de los Santos Mártires en la Ribera, de Felipe Sainz de Varade, al final de la centuria.
Pero los acontecimientos políticos y las crisis económicas de final del siglo XIX no permitieron una terminación rápida del templo.
Por ello las obras debieron ir con gran lentitud, y grandes paralizaciones, pues a los veintisiete años del proyecto, en 1894, se nombra a otro arquitecto, D. Alfonso Castiñeyra y Beloix, para rematar el proyecto de terminación de las obras.
En la memoria redactada por Adolfo Castiñeyra, se especifican tres fases de actuación en la iglesia, a la vez que se advierte el estado en que se encuentra la misma.
1. Terminación de la torre, cerramiento de la fachada principal el cornisamiento general del edificio.
2. Obras de terminación de las bóvedas, solerías, guarnecidos, carpintería y vidriera.
3. Construcción de alturas, herrería y decoración en general.

Castiñeyra modifica y mejora numerosas partidas de obra, el diseño en general, remates, elementos constructivos y arquitectónicos, etc., que por su complejidad y extensión voy a omitir.
Sólo señalaré, que Adolfo Castiñeyra, es uno de los grandes profesionales que crearon un verdadero arte con su arquitectura en Córdoba.
Es un arquitecto con gran dominio de la profesión que abarca todas las tendencias de la época: el Eclecticismo (1891-1903), el Modernismo (1903-1914) y el Regionalismo (1914-1925).
Cuando está terminando la parroquia de la Inmaculada Concepción de Villa del Río en 1907, está haciendo su obra maestra, la casa de Teófilo Álvarez-Cid, hoy sede del Colegio Oficial de Arquitectos, en la Avd. de Gran Capitán. Al año siguiente, proyecta el edificio para la Diputación y Gobierno Civil (1908) en la calle Alfonso XIII.
Trece años duraron las obras de terminación de la parroquia (1894-1907), que fueron rematadas brillantemente tanto exterior como interiormente, como puede observarse en la tarjeta postal del retablo de A. Martín, Editor- Barcelona "España Regional", núm. 8.052.
Este magnífico retablo así como numerosos altares, imágenes, viguería, etc., fueron pasto de las llamas, en el incendio provocado en la Guerra Civil de 1936, que comenzando por la sacristía, se fue extendiendo por la nave central, hasta la torre que haciendo de chimenea, fundió hasta las campanas.
Pero el motivo fundamental de este articulo, es señalar, que ya en el proyecto de Moreno de Monroy, y en todas las puertas de acceso al templo, se proyectaban unas columnas junto a las jambas; sobre los plintos existentes, a la manera de un templete diptilo, que embellecían sobremanera dichas puertas. No sabemos la causa por la que no se colocaron, aunque supongo que como en la mayoría de los casos, sería por razones económicas o falta de tiempo.
Sería una gran idea, y brillante iniciativa, ahora que contamos con la Escuela Taller de cantería de Montoro, labrar las seis comunas corintias estriadas y colocarlas en el lugar que fue preparado para recibirlas, como un acto conmemorativo de las efemérides de 1992.
Hace unos días, el Concejal de Cultura, D. Francisco Jurado Riveiro y D. Antonio Sánchez Carrillo, me comentaron la intención del Ayuntamiento, de arreglar el atrio de la iglesia, con materiales nobles como la piedra molinaza y los guijos del río, armonizando con el edificio, momento que aproveché para sugerirles la idea anteriormente expresada, prometieron que la haría llegar a nuestro electo alcalde D. Juan Calleja Relaño, a quien aprovecho para desearle los mayores aciertos en su nueva gestión al frente del Ayuntamiento.